sábado, 20 de marzo de 2021

LA ATORNILLADORA INALÁMBRICA

Del libro "LA MEMORIA ES PURO CUENTO" de ALEJANDRO BRAILE - 1era. Edición ISBN 978-987-23941-6-5 - Ediciones Cuadernos de Divulgación, año 2016 

Limpió el rodillo, los pinceles y contemplo el flamante portón, chapa gruesa, poliuretano inyectado, corredizo, con motor y control remoto. Solo faltaban los vidrios. 

            - Terminaste - dijo la mujer asomándose por la puerta de la cocina. - Era hora, quince días para pintar un portón. 

            - No señora, ningún 15 días, y el paredón, que te crees… que se hizo solo, y la demolición… - se acomodó en un sillón de plástico y llenó el mate con agua fría. 

            - Demolición… que caradura, esa pared hace diez años que se cae sola. - lo dijo en un tono bajo, como para ella, pero la escuchó. 

            - Tendría que haberla dejado caerse sola, esa pared estaba ahí cuando nací, vio mi niñez, mis alegrías, mis tristezas… 

            -¡Rolando!- dijo ella elevando la voz. - Una pared, estás hablando de una pared. 

“Una pared, esta mujer no entiende nada. Si supiera que ahí con letras de 50cm. de alto escribí mi primera declaración de amor, si cuando la tiré abajo me pareció reconocer vestigios de la pintura negra que usé hace 30 años. "¡TE AMO INGRID! Rolo". Me acuerdo como si lo hubiera hecho hoy, hay que tener huevos para firmar una declaración de amor en el paredón de tu casa y que la piba sea la vecina de enfrente, todo el barrio se enteró, y me la gané, duró poco, pero me la gané". Todo lo pensó mirándola a los ojos, como si hubiera querido transmitir el pensamiento. 

            La joven de flamantes 22 años apareció de repente, el patio la recibió como siempre, con los colores primaverales de la parra y las miradas desafiantes de sus padres. 

            -Terminaste papá - dijo con apuro. 

            - Faltan los vidrios…

            - Bueno me voy. - Y después de un beso a cada uno, gritó, casi de la calle. - Vuelvo tarde. 

Se quedó mirando la puerta con el mate en la mano, “vuelvo tarde”, pensó. 

            - Me podes explicar qué significa “vuelvo tarde”. 

            - ¿Qué sé yo?…- se secó las manos en el delantal.- Vuelvo tarde, es… vuelvo tarde.                - Sabes qué pasa, para llegar a un… vuelvo tarde - lo dijo dibujando en el aire comillas con los dedos. - hay algunas instancias previas, ¿sabías eso? Voy a la casa de Sole, vuelvo enseguida, o, esta noche nos juntamos con las chicas en lo de Gimena, ¿me vas a buscar a las 12?, voy al cine, vuelvo a la una… cuándo pasó todo eso, qué cosa tan importante estaba haciendo que me perdí todo eso, o mejor dicho, ocurrió eso y nunca compartiste una sola decisión conmigo. 

            - ¿Por qué no se lo preguntas a la pared que según vos vio toda tu vida? - lo dijo con bronca, golpeando la pava con agua caliente en la mesa del patio. 

            - Te haces la graciosa. - Se lo sentía cansado. - La pared es una metáfora, vos sos la pared, yo soy la pared, no te das cuenta que también nos estamos derrumbando, miráte, las arrugas se te acentuaron en el rencor, a veces te miro cuando cocinas o planchas y tu rostro no está sereno, veo resignación, se nota que buscas en tu pasado el momento en que te equivocaste y que si pudieras cambiarías todo… la pared se está cayendo, a los hombres nos gusta que nos reconozcan el esfuerzo, o no sé, quizá a otros no, pero a mí, a Rolando Marconi le gusta que le digan, “qué bien te quedó el portón”, lo necesito, una sonrisa, una caricia, un beso necesito, ¿cuando te reíste por última vez?. El timbre sonó como un trueno, Ángela se levantó de un saltó y fue a atender.

            - Te buscan, el vidriero. 

El tipo no le gustó a Rolando, estaba vestido como los burreros que van al hipódromo de San Isidro, camisa a cuadros, pantalón beige pinzado, pulóver en los hombros, zapatos, cinturón y reloj al tono. Le indicó el camino y le señalo el portón, lo miró de lejos y fue a la camioneta, apareció con los tres vidrios de 20 x 60 envueltos con papel de diario, un tubo de silicona, el aplicador, una pequeña valija de plástico y un viejo destornillador plano con las puntas redondeadas con el cual palanqueó los contramarcos de aluminio y los sacó. Empezó la aplicación de la silicona con gran destreza, apoyó los vidrios en los correspondientes lu-gares, volvió a poner silicona y finalmente con la mano colocó los contramarcos. Rolando siguió atentamente todos los movimientos, faltaba agujerear los contramarcos y atornillarlos. “No tiene taladro eléctrico, no tiene alargue, no tiene tornillos y no tiene destornillador como la gente, cómo va a terminar el trabajo”. Estaba en esos pensamientos cuando entró al galpón, prendió la luz y de una estantería bajo el alargue que estaba perfectamente arrollado, puso en una caja de herramientas el taladro eléctrico, seis destornilladores planos de distinta medida, tres Philips y dos cajas de tornillos para metal. Apagó la luz, se puso el alargue en el hombro y tomo la caja con firmeza, cruzó el patio a paso lento y distraído. Dejó las cosas en un costado y cuando se disponía a sacar de la caja el taladro, el vidriero extrajo de su caja de plástico una atornilladora inalámbrica, ajustó la punta, hurgo en el bolsillo del pantalón y apareció una bolsa con tornillos, el primer marco quedó fijo en menos de un minuto, la sor-presa de Rolando fue tal que el hombre se dio cuenta.

            - Muy buena herramienta, un poco cara pero muy útil. Tornillos auto perforantes, puntas imantadas y a otra cosa. 

            - ¿No es pesada?    

            - Para nada, tantéela.     

Efectivamente Rolando pudo comprobar que se podía manejar con absoluta comodidad, además sentía el perfecto calce de la mano sobre un material gomoso, apretó el percutor y el motor respondió con un fino silbido.   

            - Yo tengo dos baterías, cuando uno está en los andamios los cables son un problema, ¿y si se corta la luz?, además es chiquita, viene con una cartuchera, se usa para trabajar en altura nadie le tiene que alcanzar nada, es bárbara. Ocho velocidades, reversa, mordaza auto ajustable, un chiche… 

A los diez minutos el tipo se fue, le dejó una tarjeta y una necesidad urgente. Mientras acomodaba en su lugar las cosas que había sacado del galpón tomó la decisión. 

            - Ángela, acompáñame al supermercado. 

El Renault 11 modelo 92 estaba impecable, un auto de colección. Puso la marcha atrás y lo desplazó con suavidad, bajó el cordón como flotando y espero que se cerrara el portón, cuando se disponía salir vio la inscripción que romp-ía el impecable blanco del paredón, se bajó del auto y se acercó, no medía más de treinta centímetros, la habían hecho con marcador negro, ” Te amo Ailén, el Rulo”. Subió al auto y fue la primera vez que golpeó la puerta. 

            - ¿Qué pasó?- preguntó Ángela.     

            - Pasa que ensuciaron la pared, y como si fuera poco, un tal Rulo anda escribiendo en las paredes que ama a mi hija, te parece poco.

            - Es una pavada - lo dijo con una sonrisa, tratando de minimizar el episodio. 

            - Tenes razón, con un poco de lija y pintura se soluciona. 

No cruzaron palabra hasta que llegaron a la góndola de las herramientas, Rolando buscó detenidamente, cerca de la cabecera se agachó y delicadamente extrajo una caja, leyó las especificaciones técnicas, sacó de la billetera la tarjeta de crédito y se dispuso a pagar. 

            - ¿Se puede saber que estás comprando?- la pregunta lo sorprendió. 

              - Una atornilladora inalámbrica. - dijo balbuceando.     

                - ¿Y para qué sirve? - Para poner y sacar tornillos. 

            - ¿Me podes decir qué vas hacer con los veinte destornilladores que tenés? 

            - Esto es otra cosa.- lo dijo sin convicción, sin la fuerza que otorga la necesidad. 

            - Una herramienta superadora, todavía me acuerdo, me lo dijiste cuando compraste la sierra circular, el serrucho es historia. Sería lo mismo, con esto el destornillador es historia. - el sarcasmo dio paso al silencio y la vuelta los encontró viajando juntos, pero por caminos distintos. 

Apenas llegaron a la casa, Rolando enchufó el cargador de batería de la atornilladora, en doce horas la podría usar. Buscó unas lijas de distinto grano, un pincel, la pintura y se dirigió al paredón, Ángela lo miraba mientras colgaba la ropa. Con rápidos movimientos lijó la inscripción, cuando no había quedado una sola huella de tinta, pintó la superficie en cuestión con infinita paciencia. Ya había terminado cuando escucho: 

            - A comer…

Hacía como cuatro o cinco años que la cena pertenecía al televisor, la novela, el partido de futbol o el noticiero, acaparaban la atención de los dos, sólo el sonido del teléfono, muy de vez en cuando rompía el hechizo. 

Como todas las noches después de comer camino despacio por el pasillo para cumplir con la rutina de fumar en la vereda de la casa. Abrió la puerta, y cuando acercó el encendedor al cigarrillo lo vio, estaba agachado, cerca del portón, de cara a la pared con el brazo extendido y en la mano un aerosol. 

            - ¡Pará! - grito - ¿que vas hacer, no ves que está recién pintada? 

El pibe se incorporó rápidamente, el cabello enrulado le tapaba parte del rostro. 

            - No se puede pintar, está prohibido.- su mirada se detuvo en los rulos del muchacho.-Créeme, no es conveniente lo que estás haciendo, te expones demasiado, nadie lo va a valorar.- Se tomó un respiro y prendió el cigarrillo, el muchacho se sentó en el suelo y apoyó el aerosol en la vereda. 

            - Es curioso, hace treinta años hice lo mismo que vos, una noche agarré un tarro de pintura negra, un pincel y en ese mismo lugar le declaré mi amor a la piba que vivía acá enfrente, cara a cara no me animaba, necesitaba un preámbulo que no tuve nunca, el cartel me facilitó las cosas, ella lo tomó como un acto loco y desesperado. La verdad es que fue un recurso producto de la cobardía. - el joven se incorporó, alzando el aerosol, con la intención de acortar la charla y dijo: 

            - Imagino que se casaron, tuvieron hijos…

            - No, no. - lo interrumpió - nada de eso, salimos un tiempo y terminamos mal. Ella era una peronista militante, del campo nacional y popular, como se dice ahora, y yo un muchacho de prosapia radical, mi abuelo fue radical de Yrigoyen, mi padre militó con Don Arturo Illia y antes resistió en los `50, no les podía fallar, me uní a la coordinadora y lo seguí a Raúl Alfonsín por todos lados. Las veces que nos vimos fue para discutir de política, recuerdo el último café que tomé con ella, “Nómbrame un radical democrático”, me dijo, “Don Arturo Illia”, le contesté, “¡Qué mierda va a ser democrático un tipo que participa de unas elecciones donde el partido político mayoritario está proscripto!”, se paró, me miró a los ojos, y cuando se iba escuché “Gorila de mierda”. Pasaron muchos años y la volví a ver en la carnicería, un vecino me contó que se había casado, con un grasa, un camionero, imagínate. Siempre fue agresiva, pero debo admitir que esa vez empecé yo, “Toti” le dije al carnicero, “La nalga sin grasa por favor, odio la grasa”. Ella la casó al vuelo, se me acercó y me dijo al oído, “yo soy feliz pelotudo”. 

Dio la última pitada al tercer cigarrillo y tiró el pucho, con la mano en el picaporte y un leve temblor en la mandíbula balbuceo: 

            - Te conté todo esto para alertarte, no es fácil la cosa, algunas letras amontonadas en una pared no dicen nada, hay que dialogar, juntarse, a pesar de las diferencias, las formas de hacer las cosas es lo importante. Además es mi pared y está recién pintada, mandále un mail, que después de todo por algo han cambiado los tiempos. Espero te haya servido y anda nomás que no pasa nada. 

Cerró la puerta, giró la llave y fue hasta el dormitorio. 

            - ¿Estás dormida?- preguntó mientras se ponía el pijama. 

            - No, que pasa. 

            - Pasa que agarré a un pendejo que tenía una pintura en aerosol, justo cuando iba a pintar el paredón, y te digo más, me parece que era ese “Rulo”. 

            - No le habrás hecho algo.- dijo Ángela sentándose en la cama. 

            - ¡Qué le voy hacer! le hable un poco, le dije que la pared y el portón están recién pintados. Mañana temprano pongo un cartelito, “Prohibido pintar”. 

El sol lo sorprendió en el patio terminando la última letra, colocó la batería en la atornilladora, puso una mecha fina y perforó prolijamente las cuatro esquinas, se calzó el cinturón con la cartuchera, puso siete u ocho tornillos en el recipiente de cuero, tomó el cartel y enfiló hacia la puerta. 

La mujer salía de la casa que hacía años estaba deshabitada, él quedó congelado, ella con las llaves en la mano lo escrutó serenamente. Después miró el frente de la casa y se le dibujó una amplia sonrisa y empezó a caminar. Rolando la acompañó con la mirada hasta que dobló en la esquina, inmóvil y con la sensación de que lo había visitado un fantasma. Se quedó pensando, qué había promovido esa radiante sonrisa, “tal vez, algún buen recuerdo guarda de mí”, lo pensó desde una profunda convicción, y él, también sonrío. 

Cuando se dio vuelta para fijar el cartel su rostro quedó desbastado por una poderosa mezcla de ira, un tremendo cansancio y una tristeza inaguantable. 

El “Nooooooooo, nooo-oo…”, se escuchó desde la cocina, Ángela salió corriendo y encontró a su marido contra la pared con los brazos abiertos, como queriendo tapar la enorme inscripción, ¡VIVA PERÓN CARAJO! 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.