domingo, 21 de marzo de 2021
sábado, 20 de marzo de 2021
LA ATORNILLADORA INALÁMBRICA
Limpió el rodillo, los pinceles y contemplo el flamante portón, chapa gruesa, poliuretano inyectado, corredizo, con motor y control remoto. Solo faltaban los vidrios.
- Terminaste - dijo la mujer asomándose por la puerta de la cocina. - Era hora, quince días para pintar un portón.
- No señora, ningún 15 días, y el paredón, que te crees… que se hizo solo, y la demolición… - se acomodó en un sillón de plástico y llenó el mate con agua fría.
- Demolición… que caradura, esa pared hace diez años que se cae sola. - lo dijo en un tono bajo, como para ella, pero la escuchó.
- Tendría que haberla dejado caerse sola, esa pared estaba ahí cuando nací, vio mi niñez, mis alegrías, mis tristezas…
-¡Rolando!- dijo ella elevando la voz. - Una pared, estás hablando de una pared.
“Una pared, esta mujer no entiende nada. Si supiera que ahí con letras de 50cm. de alto escribí mi primera declaración de amor, si cuando la tiré abajo me pareció reconocer vestigios de la pintura negra que usé hace 30 años. "¡TE AMO INGRID! Rolo". Me acuerdo como si lo hubiera hecho hoy, hay que tener huevos para firmar una declaración de amor en el paredón de tu casa y que la piba sea la vecina de enfrente, todo el barrio se enteró, y me la gané, duró poco, pero me la gané". Todo lo pensó mirándola a los ojos, como si hubiera querido transmitir el pensamiento.
La joven de flamantes 22 años apareció de repente, el patio la recibió como siempre, con los colores primaverales de la parra y las miradas desafiantes de sus padres.
-Terminaste papá - dijo con apuro.
- Faltan los vidrios…
- Bueno me voy. - Y después de un beso a cada uno, gritó, casi de la calle. - Vuelvo tarde.
Se quedó mirando la puerta con el mate en la mano, “vuelvo tarde”, pensó.
- Me podes explicar qué significa “vuelvo tarde”.
- ¿Qué sé yo?…- se secó las manos en el delantal.- Vuelvo tarde, es… vuelvo tarde. - Sabes qué pasa, para llegar a un… vuelvo tarde - lo dijo dibujando en el aire comillas con los dedos. - hay algunas instancias previas, ¿sabías eso? Voy a la casa de Sole, vuelvo enseguida, o, esta noche nos juntamos con las chicas en lo de Gimena, ¿me vas a buscar a las 12?, voy al cine, vuelvo a la una… cuándo pasó todo eso, qué cosa tan importante estaba haciendo que me perdí todo eso, o mejor dicho, ocurrió eso y nunca compartiste una sola decisión conmigo.
- ¿Por qué no se lo preguntas a la pared que según vos vio toda tu vida? - lo dijo con bronca, golpeando la pava con agua caliente en la mesa del patio.
- Te haces la
graciosa. - Se lo sentía cansado. - La pared es una metáfora, vos sos la pared,
yo soy la pared, no te das cuenta que también nos estamos derrumbando, miráte,
las arrugas se te acentuaron en el rencor, a veces te miro cuando cocinas o
planchas y tu rostro no está sereno, veo resignación, se nota que buscas en tu
pasado el momento en que te equivocaste y que si pudieras cambiarías todo… la
pared se está cayendo, a los hombres nos gusta que nos reconozcan el esfuerzo,
o no sé, quizá a otros no, pero a mí, a Rolando Marconi le gusta que le digan,
“qué bien te quedó el portón”, lo necesito, una sonrisa, una caricia, un beso
necesito, ¿cuando te reíste por última vez?. El timbre sonó como un trueno,
Ángela se levantó de un saltó y fue a atender.
- Te buscan, el vidriero.
El tipo no le gustó a Rolando, estaba vestido como los burreros que van al hipódromo de San Isidro, camisa a cuadros, pantalón beige pinzado, pulóver en los hombros, zapatos, cinturón y reloj al tono. Le indicó el camino y le señalo el portón, lo miró de lejos y fue a la camioneta, apareció con los tres vidrios de 20 x 60 envueltos con papel de diario, un tubo de silicona, el aplicador, una pequeña valija de plástico y un viejo destornillador plano con las puntas redondeadas con el cual palanqueó los contramarcos de aluminio y los sacó. Empezó la aplicación de la silicona con gran destreza, apoyó los vidrios en los correspondientes lu-gares, volvió a poner silicona y finalmente con la mano colocó los contramarcos. Rolando siguió atentamente todos los movimientos, faltaba agujerear los contramarcos y atornillarlos. “No tiene taladro eléctrico, no tiene alargue, no tiene tornillos y no tiene destornillador como la gente, cómo va a terminar el trabajo”. Estaba en esos pensamientos cuando entró al galpón, prendió la luz y de una estantería bajo el alargue que estaba perfectamente arrollado, puso en una caja de herramientas el taladro eléctrico, seis destornilladores planos de distinta medida, tres Philips y dos cajas de tornillos para metal. Apagó la luz, se puso el alargue en el hombro y tomo la caja con firmeza, cruzó el patio a paso lento y distraído. Dejó las cosas en un costado y cuando se disponía a sacar de la caja el taladro, el vidriero extrajo de su caja de plástico una atornilladora inalámbrica, ajustó la punta, hurgo en el bolsillo del pantalón y apareció una bolsa con tornillos, el primer marco quedó fijo en menos de un minuto, la sor-presa de Rolando fue tal que el hombre se dio cuenta.
- Muy buena herramienta, un poco cara pero muy útil. Tornillos auto perforantes, puntas imantadas y a otra cosa.
- ¿No es pesada?
- Para nada, tantéela.
Efectivamente Rolando pudo comprobar que se podía manejar con absoluta comodidad, además sentía el perfecto calce de la mano sobre un material gomoso, apretó el percutor y el motor respondió con un fino silbido.
- Yo tengo dos baterías, cuando uno está en los andamios los cables son un problema, ¿y si se corta la luz?, además es chiquita, viene con una cartuchera, se usa para trabajar en altura nadie le tiene que alcanzar nada, es bárbara. Ocho velocidades, reversa, mordaza auto ajustable, un chiche…
A los diez minutos el tipo se fue, le dejó una tarjeta y una necesidad urgente. Mientras acomodaba en su lugar las cosas que había sacado del galpón tomó la decisión.
- Ángela, acompáñame al supermercado.
El Renault 11 modelo 92 estaba impecable, un auto de colección. Puso la marcha atrás y lo desplazó con suavidad, bajó el cordón como flotando y espero que se cerrara el portón, cuando se disponía salir vio la inscripción que romp-ía el impecable blanco del paredón, se bajó del auto y se acercó, no medía más de treinta centímetros, la habían hecho con marcador negro, ” Te amo Ailén, el Rulo”. Subió al auto y fue la primera vez que golpeó la puerta.
- ¿Qué pasó?- preguntó Ángela.
- Pasa que ensuciaron la
pared, y como si fuera poco, un tal Rulo anda escribiendo en las paredes que
ama a mi hija, te parece poco.
- Es una pavada - lo dijo con una sonrisa, tratando de minimizar el episodio.
- Tenes razón, con un poco de lija y pintura se soluciona.
No cruzaron palabra hasta que llegaron a la góndola de las herramientas, Rolando buscó detenidamente, cerca de la cabecera se agachó y delicadamente extrajo una caja, leyó las especificaciones técnicas, sacó de la billetera la tarjeta de crédito y se dispuso a pagar.
- ¿Se puede saber que estás comprando?- la pregunta lo sorprendió.
- Una atornilladora inalámbrica. - dijo balbuceando.
- ¿Y para qué sirve? - Para poner y sacar tornillos.
- ¿Me podes decir qué vas hacer con los veinte destornilladores que tenés?
- Esto es otra cosa.- lo dijo sin convicción, sin la fuerza que otorga la necesidad.
- Una herramienta superadora, todavía me acuerdo, me lo dijiste cuando compraste la sierra circular, el serrucho es historia. Sería lo mismo, con esto el destornillador es historia. - el sarcasmo dio paso al silencio y la vuelta los encontró viajando juntos, pero por caminos distintos.
Apenas llegaron a la casa, Rolando enchufó el cargador de batería de la atornilladora, en doce horas la podría usar. Buscó unas lijas de distinto grano, un pincel, la pintura y se dirigió al paredón, Ángela lo miraba mientras colgaba la ropa. Con rápidos movimientos lijó la inscripción, cuando no había quedado una sola huella de tinta, pintó la superficie en cuestión con infinita paciencia. Ya había terminado cuando escucho:
- A comer…
Hacía como cuatro o cinco años que la cena pertenecía al televisor, la novela, el partido de futbol o el noticiero, acaparaban la atención de los dos, sólo el sonido del teléfono, muy de vez en cuando rompía el hechizo.
Como todas las noches después de comer camino despacio por el pasillo para cumplir con la rutina de fumar en la vereda de la casa. Abrió la puerta, y cuando acercó el encendedor al cigarrillo lo vio, estaba agachado, cerca del portón, de cara a la pared con el brazo extendido y en la mano un aerosol.
- ¡Pará! - grito - ¿que vas hacer, no ves que está recién pintada?
El pibe se incorporó rápidamente, el cabello enrulado le tapaba parte del rostro.
- No se puede pintar, está prohibido.- su mirada se detuvo en los rulos del muchacho.-Créeme, no es conveniente lo que estás haciendo, te expones demasiado, nadie lo va a valorar.- Se tomó un respiro y prendió el cigarrillo, el muchacho se sentó en el suelo y apoyó el aerosol en la vereda.
- Es curioso, hace treinta años hice lo mismo que vos, una noche agarré un tarro de pintura negra, un pincel y en ese mismo lugar le declaré mi amor a la piba que vivía acá enfrente, cara a cara no me animaba, necesitaba un preámbulo que no tuve nunca, el cartel me facilitó las cosas, ella lo tomó como un acto loco y desesperado. La verdad es que fue un recurso producto de la cobardía. - el joven se incorporó, alzando el aerosol, con la intención de acortar la charla y dijo:
- Imagino que se casaron, tuvieron hijos…
- No, no. - lo interrumpió - nada de eso, salimos un tiempo y terminamos mal. Ella era una peronista militante, del campo nacional y popular, como se dice ahora, y yo un muchacho de prosapia radical, mi abuelo fue radical de Yrigoyen, mi padre militó con Don Arturo Illia y antes resistió en los `50, no les podía fallar, me uní a la coordinadora y lo seguí a Raúl Alfonsín por todos lados. Las veces que nos vimos fue para discutir de política, recuerdo el último café que tomé con ella, “Nómbrame un radical democrático”, me dijo, “Don Arturo Illia”, le contesté, “¡Qué mierda va a ser democrático un tipo que participa de unas elecciones donde el partido político mayoritario está proscripto!”, se paró, me miró a los ojos, y cuando se iba escuché “Gorila de mierda”. Pasaron muchos años y la volví a ver en la carnicería, un vecino me contó que se había casado, con un grasa, un camionero, imagínate. Siempre fue agresiva, pero debo admitir que esa vez empecé yo, “Toti” le dije al carnicero, “La nalga sin grasa por favor, odio la grasa”. Ella la casó al vuelo, se me acercó y me dijo al oído, “yo soy feliz pelotudo”.
Dio la última pitada al tercer cigarrillo y tiró el pucho, con la mano en el picaporte y un leve temblor en la mandíbula balbuceo:
- Te conté todo esto para alertarte, no es fácil la cosa, algunas letras amontonadas en una pared no dicen nada, hay que dialogar, juntarse, a pesar de las diferencias, las formas de hacer las cosas es lo importante. Además es mi pared y está recién pintada, mandále un mail, que después de todo por algo han cambiado los tiempos. Espero te haya servido y anda nomás que no pasa nada.
Cerró la puerta, giró la llave y fue hasta el dormitorio.
- ¿Estás dormida?- preguntó mientras se ponía el pijama.
- No, que pasa.
- Pasa que agarré a un pendejo que tenía una pintura en aerosol, justo cuando iba a pintar el paredón, y te digo más, me parece que era ese “Rulo”.
- No le habrás hecho algo.- dijo Ángela sentándose en la cama.
- ¡Qué le voy hacer! le hable un poco, le dije que la pared y el portón están recién pintados. Mañana temprano pongo un cartelito, “Prohibido pintar”.
El sol lo sorprendió en el patio terminando la última letra, colocó la batería en la atornilladora, puso una mecha fina y perforó prolijamente las cuatro esquinas, se calzó el cinturón con la cartuchera, puso siete u ocho tornillos en el recipiente de cuero, tomó el cartel y enfiló hacia la puerta.
La mujer salía de la casa que hacía años estaba deshabitada, él quedó congelado, ella con las llaves en la mano lo escrutó serenamente. Después miró el frente de la casa y se le dibujó una amplia sonrisa y empezó a caminar. Rolando la acompañó con la mirada hasta que dobló en la esquina, inmóvil y con la sensación de que lo había visitado un fantasma. Se quedó pensando, qué había promovido esa radiante sonrisa, “tal vez, algún buen recuerdo guarda de mí”, lo pensó desde una profunda convicción, y él, también sonrío.
Cuando se dio vuelta para fijar el cartel su rostro quedó desbastado por una poderosa mezcla de ira, un tremendo cansancio y una tristeza inaguantable.
El “Nooooooooo, nooo-oo…”, se escuchó desde la cocina, Ángela salió corriendo y encontró a su marido contra la pared con los brazos abiertos, como queriendo tapar la enorme inscripción, ¡VIVA PERÓN CARAJO!
LA PESTE Y DANIEL DEFOE, LA MUERTE Y FURIBUNDO TEMPO
Publicado en "El nido del Cuco" - Editorial
“…la infección se conservó en seres aparentemente sanos y fue transmitida a otros con los que los primeros mantuvieron relaciones, sin que ni uno ni otros lo advirtieran. Grande fue el enloquecimiento que causó esta revelación. Y la gente, cuando se convenció de que la infección se propagaba de tan sorprendente manera por personas que parecían sanas, comenzó a volverse miedosa y a asustarse de todos cuantos se le acercaran. Un día, en una ceremonia pública –ya no recuerdo si era o no domingo- en la iglesia de Aldgate, el coro se hallaba colmado de fieles y una asistente creyó de pronto sentir el olor de la enfermedad. De inmediato se figuró que la peste estaba en su banco; le susurró su idea o su sospecha a su vecina, se levantó y se fue. La sugestión se posesionó de la segunda persona, y en seguida de la tercera, y muy luego de todo el mundo. Y todos se levantaron y salieron del templo. Los bancos iban quedando vacíos. Nadie sabía que había ocurrido ni por qué…”
“Diario del año de la peste”, la obra de Daniel Defoe publicada en 1722 tiene una aroma inconfundible que uno asocia a Don Gabriel García Márquez, sin buscar demasiado, enseguida asoma un guión escrito por Gabo para adaptar la obra a una película de ciencia ficción. Si no fuera por el detalle temporal es difícil pensar que Daniel desconocía el cuento de Don Gabriel “Algo muy grave va a suceder en este pueblo” cuando escribió el párrafo que encabeza esta nota.
El diario parece que lo escribió el tío de Daniel, Henry Foe. Pasaba que en 1664 él todavía era un pibe y unos cuantos años después noveló el horror de la peste. Este artesano de los detalles también escribió Robison Crusoe y después de 298 años apelamos a su mirada para explicar lo que nos pasa hoy. Es patético confirmar que siempre fuimos los mismos miserables. Foe o Defoe, que era como le gustaba llamarse, se encargó de describir prolijamente todas las calamidades de la peste. Hacer alguna referencia a estos aspectos de la epidemia es redundante, con el riesgo de caer en una ridícula caricatura de lo hecho por el maestro.
Furibundo Tempo en su libro “Recuerdos mal estibados” nos invita a viajar en una extraña máquina del tiempo y nos lleva a Londres: “El año 1665 fue para Inglaterra un antes y un después, sus habitantes sufrieron uno de los desastres humanitarios más grande de su historia, sus enemigos lo adjudicaron a un “castigo divino”. La “gran peste” había llegado y arraso con la quinta parte de la población. El 2 y 3 de septiembre de 1666, nueve meses después que la peste había aflojado, otro desastre, el gran incendio de Londres.”
La particularidad del historiador barrial es que no solo cuenta los hechos de aquellas jornadas de terror derivadas de semejante desastre. El hombre relata una historia tangencial, impropia para un historiador, dado, que salvo algunos testimonios de dudosa procedencia, no hay ninguna prueba que acredite su punto de vista: “Si quieren saber cómo moría la gente en Londres, consecuencia de la gran epidemia de peste en 1664/5, lean a Daniel Defoe, pero la verdadera historia, la trascendente, la que vale la pena, la que delata nuestras miserias es la historia de cómo trataron a sus muertos”, decía el viejo profesor sobre la peste de Londres.
“El miedo al contagio llevó a los asustados pobladores a encerrarse en sus viviendas por tiempo indeterminado, la cúpula monárquica con el Rey de Inglaterra e Irlanda a la cabeza y los que tenían casas de campo se rajaron de la gran capital. Miles de almas vagaban por las desiertas calles, nadie podía verlos ni tocarlos, pero estaban ahí. Buscaban a su gente y cuando encontraban a alguien conocido le hablaban, se dejaban ver, se metían en sus sueños reclamando memoria. Sin embargo nadie daba cuentas de los fantasmas de Londres, los vivos estaban tan ocupados en sobrevivir, que nadie pensaba en los muertos. Fueron ellos los que le dijeron entre sueños a unos doctores como se transportaba la enfermedad”
Este asombroso episodio Daniel Defoe lo cuenta como un detalle, sin embargo deja un mensaje para la posteridad: “…los que se quedaron o debieron quedarse en la ciudad tienen la obligación de permanecer en donde están y no andar de un sitio a otro para volver, al cabo, al punto de partida, porque lo que esa gente transporta en su ropa es la peste, el azote, la calamidad.
De ahí que se nos ordenara matar perros y gatos y cuanto animal doméstico pudiera andar de casa en casa, de calle en calle, llevando en su piel o en su pelambre los efluvios de la enfermedad. Apenas comenzó la epidemia, el Lord Mayor y los Magistrados decretaron que, por opinión de los médicos, todos los perros y los gatos debían ser inmediatamente sacrificados; un oficial vigilaría el cumplimiento de la orden. Si hay que dar fe a los informes, el número de animales destruidos fue increíble. Llegó a hablarse de 40.000 perros y de 200.000 gatos, pues pocas eran las casas que no tuviesen un par de ellos, y a veces cinco o seis. También se hicieron todas las tentativas posibles para desembarazarse de ratas y ratones, sobre todo este último, y con tramperas y venenos se destruyó un número prodigioso. A menudo he pensado de qué modo, en los comienzos del azote, todo el mundo se encontraba desprevenido y cómo el desorden que siguió, y que habría de cobrarse tantas víctimas, provino, en parte, del hecho de no haber tomado a tiempo las medidas necesarias, tanto en el caso de la administración pública como en el de los particulares. Que las nuevas generaciones reflexionen; les servirá de advertencia y garantía, porque de haberse adoptado las medidas necesarias, y contando con la ayuda de la Providencia, muchas de las víctimas de aquel desastre habrían podido salvarse. He de insistir en este punto…”
Como dice Tempo, y también la historia, un año después de la peste llegó el gran incendio. Cuando la plaga amainó quedó la devastación. El panorama era desolador, en un recodo del Támesis habían improvisado una fosa común donde apilaron decenas de miles de cadáveres que fueron arrojados con premura por los enterradores. El miedo al contagio y la velocidad con la que se deshacían de los cuerpos se la describió con un “harry up”, que pasado el tiempo derivo en Hurlingham.
Pero veamos que dice Furibundo sobre el descontento de los fantasmas: “Como todo el mundo sabe, el espíritu de los muertos deambula en los lugares donde vivió una vida carnal, su existencia depende de la memoria de quienes lo conocieron, cada recuerdo es una inyección de existencia para los fantasmas. Su desaparición es gradual, a tal punto es así que recién cuando ya nadie lo recuerda el espíritu deja de existir. Pero el mundo de las tinieblas no tenía previsto que todo un pueblo pudiera sufrir una desmemoria colectiva en tan corto tiempo. Aquí lo curioso. Ante la indiferencia de los vivos, los fantasmas, esperando algún recuerdo, se establecieron en ese recodo del Támesis y desde ahí libraron una porfiada batalla contra el olvido. Fueron ellos los que aconsejaron a sus seres queridos, en fugases apariciones, el uso de tapabocas para evitar las micro gotas que desprendían los enfermos cuando hablaban, también recomendaban no tocar tejidos infectados y ya habían alertado a los doctores sobre los transportadores de la peste. Es más, hay algunos testimonios que los indica como los probables responsables del gran incendio. Muchos años después se comprobó que las recomendaciones de los fantasmas de Londres estaban celestialmente acertadas. Las precisas indicaciones, como todos sabemos, no fueron acatadas. La desesperanza invadió la voluntad de los fantasmas de Londres y ya no hablaron más con nadie. Fue así que los intelectuales de esa época se hicieron dueños de la palabra y responsabilizaron de todas las calamidades a los pobres …La gente buscaba estar en compañía, y era sorprendente verla ir en multitud a las iglesias. Ya nadie se preocupaba por quien se sentaba al lado ni por alguna emanación desagradable ni por el estado de su vecino. Todos se consideraban cadáveres y acudían a los templos sin la menor inquietud y se sentaban juntos, como si su vida no tuviera valor alguno en comparación con el deber con que debían cumplir allí…”
Daniel Defoe deja muy claro en este diario del año de la peste, publicado en 1722, que los pobres son incorregibles: “Imposible hacer nada en la cabeza de los pobres. Continuaron dando libre curso a la habitual impetuosidad de su temperamento, lanzando gritos y lamentos si ya habían sido afectados, pero alocadamente despreocupados, temerarios y obstinados mientras se sentían bien. Cuando encontraban algún trabajo, se arrojaban de cabeza en la tarea que fuese, la más peligrosa, la más susceptible de infectarlos. Si se les advertía, contestaban: “Debo tener confianza en Dios. Si me enfermo, Dios proveerá, y será el fin de mi miseria” Y así por el estilo. O bien: “ ¡Y qué! ¿Qué debo hacer? No puedo morirme de hambre. Tanto da morir de peste como de privaciones. No tengo trabajo. ¿Qué puedo hacer? Tomar esto o mendigar. “. Y se trataba de enterrar muertos, de atender enfermos o de vigilar casas infectadas, ¡ocupaciones terriblemente arriesgadas! Su historia era siempre idéntica. La necesidad alegaba ampliamente en su favor, es cierto, y ninguna otra excusa podía ser mejor. Pero hablaban igual cuando las necesidades cambiaban.”
La mirada del historiador de barrio pone especial atención en estas almas en pena que deambularon dos siglos por la niebla de Londres, a medida que transcurría el tiempo los fantasmas eran una seria molestia para los pobladores, la exigencia de memoria no tenía sentido, ya nadie los conocía. Los caballos atados a los carruajes estaban permanentemente inquietos y más de una vez se desbocaban y emprendían peligrosas galopes por las calles atestadas de gente. Los perros aullaban y ladraban toda la noche. Las macetas caían de los balcones sin que nadie las toque, algunos miserables tuvieron inexplicables accidentes…
Parece que la desaparición de los fantasmas se debió a una combinación de la naturaleza y una decisión del Rey, así lo cuenta Furibundo: “El pasto había crecido de una manera desmesurada en aquel terreno donde habían sepultado a casi treinta mil londinenses, varias filas de árboles en todo el perímetro custodiaban desde gran altura el trabajo que hacía la naturaleza en el predio. El Rey un día ordenó hacer un parque y lo que había sido un cementerio se transformó en el Hurlingham Park. En 1874 nació en ese lugar uno de los clubes más exclusivos del mundo, el Hurlingham Club. Los fantasmas desaparecieron de un día para otro. Es evidente para este escriba que los parques hacen desaparecer a los espíritus que reclaman memoria.”
Si hay algo que aprendimos, es que las casualidades no existen. Repasando las páginas del libro de Don Furibundo es inevitable pensar en nuestro pago, que también tiene un Hurlingham Club, que lleva el mismo nombre que el de Londres. El nudo que divide a Hurlingham, Morón y Tres de Febrero es una zona geográfica que congrega a la Primera Brigada Aérea de Palomar, el Colegio Militar y la mayor guarnición militar del País, Campo de Mayo.
Las almas en pena, son como cinco mil, que todavía recorren toda la zona oeste reclamando memoria, esas almas pertenecen a los muertos de Campo de Mayo, esos que ejecutaron en los centros de detención del predio militar. Hurlingham, como todos sabemos, está poblada de fantasmas, que reclaman, exigen: memoria, verdad y justicia. Se les adjudica, además, casi todos los males que acontecieron en la zona, la caída de un árbol sobre los bustos de Roca e Isabel la Católica en la Plaza, es tal vez el más relevante.
Este cronista ha consultado al viejo historiador sobre la similitud de lo acontecido en Londres hace una pila de años con lo que ocurre en nuestro pago. El encuentro se produjo en “El farolito”, un viejo bar de Tesei ya desaparecido. “Es lo mismo”, dijo Furibundo mientras pedía una ginebra, “Está pasando lo mismo, en Londres empezaron los fantasmas a hacer lio porque nadie los recordaba, en los primeros tiempos los que conocían a los muertos estaban encerrados y con mucho miedo a morir, no podían pensar en otra cosa, pasado el tiempo no los conocía nadie, nadie los recordaba, el olvido y un parque finalmente ganaron una larga batalla.
La verdadera historia en estas calamidades es la de los muertos, ante un mínimo riesgo te apartan de tu ser querido y por miedo, cobardía o precaución no nos despedimos de ellos, y los dejamos a la deriva. Sin ir muy lejos en Buenos Aires la fiebre amarilla hizo un desastre. Dicen que los soldados que volvieron de la guerra donde se masacró a Paraguay trajeron con ellos a la enfermedad, una desgracia que tenía más que ver con un castigo celestial que con una fatalidad. A lo largo de lo que hoy es la avenida Corrientes pusieron una vía en tiempo record, y un tren, al que llamaron de la muerte, llevaba hasta la Chacarita a los fallecidos donde se los enterró. Curiosamente, ese lugar donde descansan esos seres anónimos, en su mayoría pobres, porque los ricos se habían rajado de la ciudad, hoy es un parque.”
Un camión que venía por Vergara dobló sin aviso, el 163 que volaba por Pedro Díaz se le hizo tarde para frenar y encaró la vereda, vidrio de por medio el paragolpes del colectivo quedó a menos de 20 centímetros de nosotros, inmediatamente pensé que algo superior nos había salvado, la frenada fue realmente milagrosa. Mientras el Mozo probaba si podía abrir la puerta con el bondi en la vereda, Furibundo le toco el hombro y le hizo seña para que le trajera otra ginebra. “El peligro es ese, creer que todo es promovido por los fantasmas. Mire muchacho, algunos llegaron a decir que los fantasmas personificaban a Luca y andaban tomando cerveza y ginebra con la gente, vio que casi todos en Hurlingham han tomado cerveza con Luca, pensándolo bien, eso puede ser… Pero decir que fueron los saboteadores de las bombas del puente de la Márquez es temerario, por lo menos, hay que tener en cuenta que llovió mucho, cinco metros de agua bajo el puente no se ve todos los días. Los políticos abusan, decir que son nuestros pobres fantasmas los que queman las lámparas del alumbrado público, o los que rompen las calles… peor aún, culparlos de poner esos carteles de “prohibido pescar” en los baches cuando llueve o decir que son ellos los que provocan desperfectos en los aviones de Flybondi es deslindar responsabilidades de una manera escandalosa. Son… almas en pena, eso son. Ya nadie los conoce, ya nadie los extraña y ellos seguirán reclamando memoria.”
Se ha desatado una pandemia y nuevamente los ricos se rajaron a lugares seguros, los que ponen el pecho son los mismos de siempre y nos sentimos más solos que nunca, nos han dejado abandonados. Estamos buscando alguna solución definitiva al COVID 19, seguramente la vamos a encontrar, mientras tanto tratamos de cuidar a nuestros seres queridos: Lávate las manos, mantén una prudente distancia, usa tapa boca. Un día de estos un científico se despertará con la cura en la cabeza, contará que fue como una revelación. Qué: ¿cómo no lo vio antes?
Necesitamos a Daniel Defoe y a Don Furibundo Tempo para que puedan, juntos, explicar nuestra etérea existencia. Cuántica, dirán aquellos que necesitan del rigor científico para abrir los ojos. Casualidad dirán los escépticos. ¡Milagro! Dirán los creyentes.
Nosotros seguiremos deambulando por los barrios donde nos vieron crecer y envejecer. Estaremos esperando, necesitamos despedirnos. Será un día de estos, en el que nos veamos por última vez. El abrazo será casi virtual, apretado, interminable… Después buscaremos un parque y cerraremos los ojos para siempre.

